Editorial

El día en que nuestros muertos vuelven

por Editorial Coppel

El amor que tenemos a nuestros antepasados se materializa en ofrendas y tradiciones que los traen a la vida año con año en el Día de Muertos


Un pasillo cubierto con flores de cempasúchil brilla con un tono naranja que no existe en ninguna otra parte del mundo. Y así tiene que ser, para que las almas de nuestros difuntos encuentren el camino a casa una vez más, un día más, un año más…

La celebración del Día de Muertos excede la tradición, es la materialización del amor que tenemos por los antepasados y que conjunta costumbres, culturas, sabores y olores.

Se trata de una de las festividades más arraigadas en México, si no es que la más. Su fama ha sido motivo de estudio, observación, investigación y admiración. El interés que despierta generó trabajos tan precisos e interesantes como los textos del Premio Nobel mexicano Octavio Paz, las pinturas de José Guadalupe Posada, los cuentos de Ray Bradbury, las obras de teatro de José Zorrilla y hasta taquilleras películas comerciales, como la creada por Disney: Coco.

El Día de Muertos es el gran “democratizador” de nuestro país. Encontramos altares en las comunidades más apartadas, en los barrios más poblados o las colonias más pudientes. Las ofrendas son parte de un ritual que nos ha acompañado por siglos y que nos identifica como mexicanos.

“Muerte y vida, júbilo y lamento, canto y aullido se alían en nuestros festejos, no para recrearse o reconocerse, sino para entredevorarse”,

explicaba Octavio Paz en “Todos Santos, Día de Muertos”.

Ese sincretismo que nos ha acompañado por siglos tiene una razón que nos sobrepasa como sociedad moderna.

El escritor abundaba: “Para los antiguos mexicanos la oposición entre muerte y vida no era tan absoluta como para nosotros. La vida se prolongaba en la muerte. Y a la inversa. La muerte no era el fin natural de la vida, sino fase de un ciclo infinito”, y esa es tal vez la mayor razón del encanto que se encuentra en cada uno de los altares; no se trata se entristecernos ante su partida, sino de fusionar el mundo terrenal con el espiritual, es abrir la puerta al inframundo, para (durante dos días, Todos los Santos y Fieles Difuntos, 1 y 2 de noviembre, respectivamente) recibir en casa a las almas de nuestros seres queridos, quienes podrán disfrutar una vez más, de los platillos, panes y dulces que les deleitaban en este mundo.

Y esa es la trascendencia del altar, una ofrenda a los difuntos, un recuerdo de los platillos, bebidas y dulces que disfrutaban en vida. Es por ello que se adornan festivamente, pues únicamente por unas cuantas horas, según la tradición, se les permite abandonar el inframundo, para venir a la que fue su casa a disfrutar lo que más apreciaban.

Los altares deben contener flor de cempasúchil, que gracias a su olor y al colorido sirve para indicarles el camino y el lugar de la ofrenda; velas y veladoras, para dar luz y guiarlos; el copal y el incienso limpiarán el lugar de los malos espíritus, para que las almas entren a casa sin peligros; el pan de muerto simboliza la fraternidad y el amor que les tenemos.

Cada elemento cumple una función, y a pesar de que en cada población y comunidad se agregan rituales, hay algunos que están presentes en todo el territorio nacional, como el papel picado, que además de dar un toque de fiesta simboliza el aire, con lo que se busca que los cuatro elementos estén en la ofrenda.

Es importante que la base de la ofrenda sea un mantel blanco, pues este color representa la pureza; mientras que un poco de sal purificará el alma y le permitirá al difunto transitar entre los dos mundos sin sufrir daños.

Las calaveritas, de azúcar o chocolate, hacen referencia a la muerte, tan presente como deidad entre las culturas mesoamericanas. El agua (que también se acompaña con el vino o el licor preferido por el difunto), sirve para purificar el espacio y para mitigar la sed tras el largo viaje realizado y la comida deberá recordar sus platillos favoritos en vida.

Todo ello se corona con la foto del o los difuntos, pues son únicamente ellos quienes podrán entrar a la casa y, por unos instantes, recibir el amor de sus seres queridos. 

El olvido no existe y el recuerdo les hace mantenerse en nuestros corazones.

Básicos de una ofrenda

Los altares del Día de Muertos reúnen características puntuales. Aquí lo que no puede faltar:

  • Retrato del ser querido
  • Mantel blanco
  • Flor de cempasúchil
  • Papel picado
  • Calaveritas de dulce (azúcar y/o chocolate)
  • Pan de muerto
  • Sal
  • Agua
  • Veladoras
  • Copal
  • Incienso
  • Platillos favoritos
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